Malvinas: Postales de la Pampa Azul

De los orígenes de Antonina Roxa se sabe poco: que nació en 1807, tal vez en Salta, tal vez en Uruguay. Que era criolla, o tal vez una princesa aborigen. Que llegó en 1830 a las islas, el mismo año en que nació Matilde Vernet y Sáez (apodada “Malvina”), probablemente la primer persona nacida en el archipiélago. Pero mientras la recién nacida emigró en 1832, viviendo desde entonces, y hasta 1924, en Estados Unidos y Argentina, la criolla Roxa optó, junto con otros 26 colonos de la era de Vernet, por quedarse en las islas luego del arribo de la Clío. De esos 27 habitantes que decidieron permanecer, 12 eran gauchos rioplatenses, a los que se agregaban 5 charrúas orientales. Fue deportada a la isla Hog durante el “interinato” de Rivero, y luego de la ocupación inglesa definitiva, en enero de 1834, se convirtió en obstetra, curadora y amansadora de ganado salvaje, conviniendo con el gobernador Smith en que se quedaría con uno de cada dos terneros que lograra domesticar.

Suerte de Malinche austral, Antonina juró lealtad a la Corona Británica en 1841, siendo descrita del siguiente modo por el gobernador Moody: “he considerado aconsejable emplearla como gaucho en el campo, ya que es una persona activa, que anda a caballo como un hombre y es tolerablemente habilidosa en el uso del lazo”. Roxa fue una de las primeras residentes en Stanley, dueña de “6 perros, 17 vacas, 6 terneros, 7 bueyes, 6 gallinas”, así como también de un sexto de acre y cuarenta ovejas. Fue enfermera, comadrona, niñera, enlazadora, arriera y domadora, aunque su afición a la bebida le hizo perder sus empleos más urbanos. En una época llegó a arrendar 2428 hectáreas, por valor de cinco libras. Ya mayor enfermó de cáncer y falleció en 1869.

La habilidad con el lazo de Roxa habrá sido “apenas tolerable” pero funcionó de maravillas para enlazar vidas, destinos y ocupaciones durante esa época turbulenta. Roxa ha sido un ícono de la bibliografía revisionista, que la considera un ejemplo a no seguir -el contrapunto perfecto del mercurial Rivero-, así como también una figura excéntrica, exótica cuando no anecdótica, recogida por la mismísima historia oficial falklander.

Su destino ha sido menos excepcional de lo que se cree. A pesar de la ocupación y la deportación, el panorama descrito por Fitz Roy y por Darwin acerca de la vida en Malvinas, en poco difiere de la que éstos u otros cronistas describieron al otro lado de la Pampa Azul. Todavía en el censo de 1851 veinte personas declaran ser gauchos de profesión. El entretejido de estas vidas se cruza con los británicos que van llegando. Entre todos van anudando la sociabilidad malvinense de la época.

De hecho la primera pobladora permanente de origen británico es una esclava, Carmelita Penny, que arriba en 1826. Los nombres de sus hijos describen a la perfección los avatares de la vida en el piélago: José Simón nació en 1831, fruto de su relación con un capataz francés. Manuel Coronel Jr. en 1834, luego de juntarse con un criollo, y Richard Penny Jr. en 1837.

Los corrales gauchos tapizan la isla Soledad, allí donde intentó montarse la industria del saladero. Estos intentos corrieron en paralelo a la extensión de la frontera ganadera en tierra firme. Samuel Lafone, comerciante uruguayo de intereses más bien tentaculares, montó una serie de establecimientos en la zona que, delicias de la nominación toponímica, habría de llamarse Lafonia, donde fueron empleados muchos de estos gauchos malvineros. Fue allí donde Will Dale, que trabajaba con ellos -o ellos trabajaban para él, más bien-, pintó sus acuarelas gauchescas que retratan la vida al otro lado de la Pampa Azul.

Lo más notable de esta reconstrucción de las continuidades poblacionales, con sus Antoninas y sus Carmelitas, es que no brinda argumentos a favor ni en contra de ninguna reclamación territorial de soberanía, porque hace hincapié en algo que es previo o, quizás, distinto.

Hay vidas que se resisten a toda fácil clasificación, como nuestra Malinche austral o la esclava emancipada que tiene hijos de distinto apellido, condición e idioma. En este contexto es seguro que las vidas siguen de cerca a los zarandeos políticos, pero también los protagonizan, los performan y, en sus peculiares salidas y encerronas, les confieren una silueta distintivamente humana.

Estas idas y vueltas hablan menos de cesuras que de jirones y enlazamientos. De reviviscencias y continuidades, más que de eras perdidas que colapsan y se desvanecen irreversiblemente en el fondo de una fosa océanica.

Ni siquiera le hemos dado un nombre a esta raza de hombres que, al parecer, en el borde exterior de una pampa azulada, tampoco nadie supo domar.

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