Crisis

Para tomar en serio la expresión “crisis de la educación pública”, en virtud de la difusión de los resultados sesgados de una evaluación mal concebida y peor ejecutada, primero hay que comprar la idea misma de crisis.

De Husserl a Supertramp, quien más, quien menos todos hemos aprendido a usarla con cierto provecho, pero andando el tiempo el retorno de la inversión semántica cada vez es menor, simplemente porque la palabra termina significando poco y nada. Se sentía algo grandioso al decirla, pero es cada vez más hueco escucharla.

Durante años viví, entre otras cosas, de dar apoyo escolar. No era raro que ayudara a niños de familias de buen pasar, que iban a escuelas privadas de mucho renombre y pertenecían a sectores exitosos, integrados, sin carencias relevantes. La “crisis” también había llegado allí, aparentemente.

La escuela no funcionaba allí tampoco, y no era un tema de presupuesto. Pasaba por la incapacidad de generar un aprendizaje significativo en una era en la que la escuela ya no puede siquiera competir como proveedora oficial de “contenidos”. Vale decir, centrarse exclusivamente en los contenidos es lo que vuelve tan pobres a los experimentos que propone la burocracia de la evaluación.

La ventaja de la escuela, en todo caso, sigue siendo otra: por el momento no hay otro espacio modalmente tan rico de interacción y configuración de una identidad colectiva extendida. Y es justamente ahí donde hace ruido acusarla.

Si la palabra “crisis” sirviera para algo tendría que designar algo así: en los últimos cuarenta años la sociedad argentina se hundió de manera continua en la dislocación, la fragmentación y la asimetría. Los más o menos tenues -o los más o menos vigorosos- intentos de revertir esto han terminado. Hoy por hoy la apuesta es a la reproducción y sostenibilidad de las asimetrías que enlazan a un sistema dislocado.

El sistema educativo se desenvuelve en el cruce entre el agotamiento relativo de la institución como proveedora oficial de “contenidos” y la evaporación de la sociabilidad extendida que caracteriza a las comunidades integradas. Y en todo esto el factor clave, que contribuye al paso exhausto del sistema como un todo, es la decisión de las clases dirigentes de desinvertir masivamente en esa sociabilidad, y en ese sistema.

Las clases dirigentes argentinas han acumulado un PBI en el exterior. Lo han sacado afuera mediante buenas y malas artes, y seguirán haciéndolo porque no creen en otra cosa más que en el arbitraje de monedas y la comunidad del archipiélago de los iguales. En esa comunidad de nichos intersticiales es en donde reside toda la esperanza colectiva de los integrados y administradores del sistema.

Esas mismas clases han desinvertido en todo lo que es público y compartido. La escuela también. Y lo hacen porque es lo que han adoptado como plan estratégico, si es que van a ser la clase dirigente de un país que no se dirige a ningún lugar.

Lo curioso es que al mismo tiempo pueden criticar y responsabilizar a otros por los resultados a los que conduce su propia opción estratégica. Una estrategia que incluso pueden desplegar del lado de la oferta, comandando la gestión estatal por una década, como en la ciudad.

Han pasado cuarenta años de la Carta abierta de Walsh. Y dos más del disco de Supertramp. La crisis es una idea vacía. Lo que hay es la continuidad de una estrategia, perpetuada por iguales. A su manera siguen chocando, como Sarmiento, contra una planicie de eventos que no alcanzan a entender. Quieren ordenar la Pampa con su propia barbarie. Difícil que lo logren.

A la larga le echarán la culpa a otros por éstas y otras frustraciones. Pero estas derrotas son el resultado previsible de esta economía de arbitrajes y de esta ideología de nichos intersticiales desde los cuales dirigir un horizonte colectivo hacia una destinación cada vez más singular.

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Caer/entrar

Si es por las trayectorias formativas de los docentes, es una ficción contraponer lo público a lo privado. Los profes se forman, nos formamos, en un sistema atravesado por el pliegue que lleva de un lado a otro y que dificulta estipular líneas tajantes.

En cuanto a los proyectos institucionales, pueden sostenerse bien o mal a un lado y al otro de la frontera imaginaria que se quiere trazar. Ni por los contenidos, ni por sus edificios, ni por sus costos de oportunidad puede hablarse con seriedad de sesgos que orienten en la cuestión.

Pueden mencionarse con facilidad centenares de proyectos educativos privados cuyos planteles docentes, edificios, propuestas pedagógicas y demás se caen a pedazos. Puedo dar testimonio en primera persona. Pero esa no es la cuestión.

El docente privado, adicionalmente, frecuentemente se ve expuesto a un horizonte en el cual es basureado, negreado y por regla general tiene menos derechos y está peor pago que el que labora en el sector público.

Todo ello, casualmente, es invisibilizado cuando esos mismos atributos se convierten en el santo y seña de la presunta confiabilidad del producto que se vende en el mercado de los servicios educativos. En la privada no paran porque no pueden, no porque no quieran.

La discusión debería ser otra, creo. La función histórica de la escuela privada en este país no ha pasado por lo pedagógico. Ha consistido, salvo honrosas excepciones, en la configuración de los horizontes de sociabilidad de quienes “consumen” la “mercancía”.

En sus orígenes fue un horizonte confesional y de clase. Hoy en día es un horizonte de bordes borrosos, pero donde los padres siguen eligiendo el rango de incertidumbre que se bancan en la interacción dentro de una sociedad fragmentada. Elegir qué tipo de amigos podrían tener nuestros pibes.

La discusión en torno a la “calidad” y el productivismo educativo no tiene sentido. Jerome Bruner, uno de mis pocos héroes en este lío, afirmaba que si era por los contenidos, todo lo que se daba en la escuela podía impartirse, como mucho, en un año y medio.

La escuela es otra cosa. Es la puerta de entrada a la cultura.

En este país la escuela privada es, simplemente, un proyecto para achicar la puerta, reducir contingencias, conducir a un recinto cultural cada vez más chico.

Por temor. Temor en una sociedad fragmentada. Temor al otro. Temor a “caer” en la condición del otro.

El problema no es lo público contrapuesto a lo privado.

Es la idea de que la escuela no es una puerta, y que no hay lugar adonde ir para ser con otros en un sentido existencialmente más rico, más incierto, más amplio.

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Salsa blanca

Para mí tenías el olor de la salsa blanca. No me preguntes porqué. De hecho no sabría decirte ahora cómo huele la salsa blanca. Pero me acuerdo que pensaba en eso mientras te olía.

Me cruzaba al otro lado de la mesa y me hacía lugar entre el niñerío de tantos niños que tenían una edad más apropiada para hacer eso que yo hacía. Porque era grande y aún así me buscaba una silla y me ponía al lado tuyo. Y entonces me acostaba en tu regazo y te escuchaba hablar de tantas cosas con los ojos cerrados, mientras te miraba oler a salsa blanca.

Hablabas de muchas cosas que te preocupaban y que yo creía entender. Te enojabas y te reías. Y a veces hacías todo eso, preocuparte, enojarte, reírte, conmigo en el regazo. Olías a salsa blanca mientras la cena se apagaba. Yo no quería que fuera así. Pero las cosas se apagan a veces. De todos modos.

Con las manos yo rozaba el lado áspero de la madera de la mesa, el de abajo. El que no se ve. Con las tuyas a veces me amansabas sin prestar atención, como si fuera un gato arisco que de a ratos busca un regazo para oler a comida con los ojos cerrados.

Un encadenamiento de asperezas al que yo me abrazaba en silencio. Esperando que dure.

Las cosas no duran.

Y aún así las cosas, los momentos, que no tuve y que no pasaron, que no viste y que no abrazamos juntos, tantas veces en que me faltaron, no me faltan. Porque las tuve. Pasaron.

No me faltan porque siempre está el regazo oliendo a salsa blanca.

De lo áspero a lo áspero acariciando invisible con los ojos cerrados.

De todos modos.

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Adónde van los semestres cuando ya no derraman

A diferencia de tantos otros gobiernos, éste del PRO (porque es un gobierno puro del partido de derecha centrado en Macri; todo lo demás es lívido como la masa de gas que revolotea en torno a la galaxia) no tiene ningún interés en el control de la calle ni en responder a una movilización con un encolumnamiento semejante de recursos políticos. Su raigambre no es popular ni masiva. No necesita columnas recorriendo la ciudad, así como no necesita cuadros partidarios para completar el organigrama estatal. Le basta con comprar el departamento todo amueblado, llave en mano.

Ocurre que sus resortes de gestión dependen, por un lado, del programa de corto y medio plazo, basado en el endeudamiento y el sostén artificial del tercio de la economía que podría llegar a funcionar en el único tercio del país que les interesa.

Por el otro, del sostén de la telepolítica basura y la confluencia de cierto detrito de sentidos atenazado como un atavismo en la conciencia de grupos urbanos minoritarios y decadentes, pero todavía influyentes.

En lo primero concurren diez o doce grandes conglomerados globales, que tienen una agenda determinada de re-estructuración de la posición y la estructura del tramado económico y social de la Argentina de cara al futuro.

En lo segundo interviene un tramado menor de actores -no necesariamente coincidente en sus intereses, ni entre sí ni respecto de aquellos conglomerados- que controla segmentos declinantes pero todavía hegemónicos en el mercado de la palabra y la acuñación de valores semióticos.

AEA y Clarín, por dar un ejemplo -y solo uno-, de cada caso.

La triple cachetada urbana que anda recibiendo el gobierno (ayer con los docentes, hoy con la mega movilización que exhibió que las bases están rápidamente rebasando el umbral entreguista de las cúpulas de la CGT, mañana con la connotación que asumirá el paro y movilización de mujeres) no tendrá mayor impacto mientras los vectores políticos no se acomoden para dar lugar a vehículos electorales e institucionales capaces de modificar la agenda de gestión.

En tanto funcione el know how de JP Morgan para colocar deuda, y el de la constelación mediática para hablar de Comodoro Py, el gobierno de derecha se las arreglará con un tercio de cada cosa: un tercio de la economía en steady state, mientras el resto se hunde; un tercio de la intención de voto, con la oposición fragmentada; un tercio de la ilusión puesta en un futuro que germina siempre en eventuales terceros semestres.

Las marchas de este extenso hoy no son importantes como desafío, sino como signo.

Signo de que se acaban las tres cosas. Hundir se hunde todo. La intención de voto cae. Pronto estaremos entrando en cuartos semestres.

El gobierno puede perder la calle pero no el manejo de la ilusión. Y sin embargo cada vez tiene un menor costo sociológico ser pesimista.

Puede hundir a todo lo que no agroexporta, pero no hay steady state en ningún lugar si se vende 25% menos leche.

Puede perder la elección nominalmente, pero no entregar en bandeja el acicate que lleva al indeciso a volverse en contra, sencillamente porque ya no puede seguir sonriendo sin motivos.

Si todavía creen en la teoría del derrame, en todo caso, deberían saber que el único secuenciamiento de derrames que funciona en la Argentina es éste: cuando se desgrana el tercio político que les importa, y los otros dos premian la coalición en sentido contrario de las partes que faltan; cuando los restos hundidos del tinglado económico social empiezan a traccionar hacia abajo al tercio que cuenta; cuando la ilusión es decodificada como un gesto idiota… pues en ese momento lo que termina de desarreglarse es el primer elemento: el andamio JP Morgan para icebergs que no flotan.

Luego sigue todo lo demás. Incluyendo a los que no sabían si ser los primeros en oponerse, y ahora no quieren ser los últimos en hacerlo, o a los que continúan acuñando moneda semiótica que cada vez vale menos, porque circula cada vez más rápido sin que nadie logre, realmente, consumirla.

Finalmente, en el derrame de la zona inferior, los atavismos se guardan hasta la próxima siembra. Acecharán pero ocultos, mientras se consuma otra tormenta.

Nadie quiere sentirse en minoría.

A lo sumo este episodio en la historia de las ideas intentará resumirse en una anécdota a cuenta de un pasado muy remoto, casi inexplicable, como cuando todavía se trata de explicar cómo y por qué alguien en algún momento votó a De la Rúa.

Mientras tanto a la derecha no le importa la calle.

Gobierna con otros recursos. Gestiona pasivos financieros, activos semióticos, toboganes temporales. Pero es débil por evanescente, estando siempre a un gatillo especulativo de desvanecerse como un mal sueño.

Durará lo que tarde en explotar la bomba de las LEBAC en el galpón del Tesoro.

Cuando la deuda ya no se derrame, porque el que presta para lucrar empieza a sospechar que ya lucró bastante y no debería prestar de más, entonces emergerá todo lo demás: el derrame y despilfarro de votos, tiempo, ilusiones, dispersándose capilarmente en la ruidosa constelación de una galaxia todavía declinante.

A quien le importa la calle, las movilizaciones de estos días y la estructuración de una respuesta política y electoral es a nosotros. Improvisados hijos de orientaciones contradictorias empiezan a confluir ahora, preguntándose de dónde vienen las ilusiones, y adónde van los semestres cuando ya no derraman.

En estos días pulula por las calles un fogonazo. Se inscribe en el tiempo y en el espacio como una marca compartida. Visual, audible, de temporalidad variable. Una codificación subjetiva que se vuelve objetiva a cada paso.

Lo que venga después es aquello que empezó, apenas, a signarse hoy.

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El presagio en las formas

Crónicas Verticales VII

El presagio en las formas – (1° B)

Tuvo un sueño, antes de tener el otro. En el primero estaba sentado anotando posiciones en el tablero de ajedrez. a1, e4, b3, h8. Interminable, en una secuencia que en una de esas se repetía, o quizás no, o quizás sí, como parte del hecho indudable de que las letras y los números se combinaban de diversas maneras a partir de un repertorio limitado. Ocho por ocho.

En el sueño él estaba sentado como un indio en el piso del living. Y anotaba. La posición le resultaba, ahora que la recordaba, un poreducción absoluta2co imposible, pero no importaba. En el sueño él consignaba cada una de las posiciones, en una secuencia infinita. Agotado al fin en algún momento emergió al torrente de otro aire. Respiró hondo. Entonces se levantó para tomar agua, lavarse la cara y observarse en la madrugada. La cara un poco demacrada. Los ojos densos. La mente pesada. ¿Pero quién estaría mejor a esa hora?

Luego tuvo el otro. Corría agua. Se escuchaba el fluir más allá de las paredes. Sonaba y sonaba cayendo en un goteo triste de noches solas. Lena lloraba y hablaba, pero él no entendía nada. Porque ella decía cosas, indudablemente, pero él tenía atiborrados los oídos de una materia porosa que impedía escuchar con claridad. Sabía que había voces, sabía que había estruendos. Ella hablaba y lloraba, lloraba y hablaba, en ese orden. La vista se le nublaba. Luego aparecía una sombra por detrás de ella. Cuando lograba formar el mosaico compuesto en la mente, se daba cuenta que era el mozo de La Continental, que se acercaba negando con la cabeza. Nada que ver, dijo. Nada que ver. Decía. Entonces él cerró maquinalmente los ojos. Y ahí se dio cuenta que estaba soñando, con los ojos cerrados, soñando que tenía los ojos cerrados, luego de que el mozo de La Continental le dijera que no había nada que ver.

Por la mañana corre agua. En algún lugar. De a ratos. En intervalos puntuados en un Morse líquido que transmite signos de un lado al otro de la pared. Pero nadie está allí para notarlo. Piensa. Mientras desayuna en soledad mirando el resplandor del nuevo sol en la vieja ventana. Apenas nace el día, pero él ya está cansado. Estuvo haciendo demasiadas cosas últimamente. Incluso en ese momento. Tener sueños es hacer algo. Y de lo hecho, concatenado, hasta el punto de cansarse en la sucesión de los destratos ocurridos en aquella región del día en que uno se mueve mientras el cuerpo se desliza quieto.

En el trabajo las cosas están tan difíciles como en casa. Y el ir y venir entre pesadumbres propaga el desaliento. A la hora del desayuno cuesta embocar las cucharadas en la taza. La dificultad se arrastra, se propaga y se difunde hasta en lo pequeño de lo cotidiano. No pretende demasiada calma acaso en aquel edificio. Pero al menos que la corten con los golpazos del ascensor. Un ruido de furia transeúnte que se extiende milagrosamente por el caracol de la escalera.

Ccv6-5uando sale está detenido en algún lugar entre el tercer y el cuarto piso. Algunos vecinos discuten más arriba. Otra vez se rompió algo, piensa. Y luego sigue, pensando en las próximas preocupaciones que habrán de sucederse.

Trabaja en su trabajo de buscar palabras. Se las piden, dadas ciertas especificaciones y requerimientos. Y su tarea consiste en buscarlas. No es una tarea difícil, pensaba hace mucho. Pero con los años y el agotamiento llegó a pensar que a fin de cuentas lo que se le pide día a día es imposible. Necesitamos esto, le dicen en general, y señalan un papelote que es copia fiel de algún memorando interno. La autorización incluye la búsqueda de términos según sus descripciones generales, según lo que necesitan en otras áreas de la agencia. Pero últimamente la sección de recursos lingüísticos no está siendo tan requerida. La ingeniería del lenguaje y el diseño verbal han pasado de moda, hasta cierto punto, motivo por el cual no solo las órdenes escasean, sino que también han comenzado a esbozarse los presagios del recorte de personal.

Las palabras no son tan necesarias como antes. No requerimos tanto de todo esto, le decía el director del departamento de imaginación visual, mientras blandía las hojas con pedidos. Cada vez menos. Más ralos. Más pobres. Las palabras no aparecen tanto entre nosotros, pensó entonces. Y cuando aparecen no significan nada. Son como rótulos, aplicados a cajas vacías. Intercambiables. Pero curiosamente al pensarlo las palabras terminaron apareciendo. Y también cuando las dijo. Se las dijo. Y el otro le contestó. Con más palabras. Y ambos se empeñaron en sostener si las palabras eran o no eran necesarias. Pero en algún momento la discusión se terminó, porque las palabras serán las palabras, pero el jefe siempre es el jefe.

Ni quieto ni en movimiento. De alguna manera se acostumbró. En la casa o en el subte no hay tantas palabras. Y en el trabajo ahora hay papeles en los que se dispersan, ralas y en barbecho. Pero con cada volver hay menos aún.

Esa vez, en ese punto, el viaje transcurre mientras él finge mirar la pantalla del celular, desplazando los dedos frenéticamente de un lado para el otro. Le gustaría que hubiera mensajes, una tórrida secuencia de íconos que denotaran mensajes entrantes, tildes que implicaran mensajes salientes, colores que resaltaran la tonalidad de los mensajes leídos y aún no leídos. Pero no tiene nada de eso. Y en realidad lo que hace es buscar en las viejas fotos que no se animó a borrar de la memoria del celular, dónde es que estaba posada la mirada de Lena. Dónde estaba mirando cuando él la miraba para tomarle la foto. Qué es lo que estaría diciendo con sus hombros, con la línea de la boca, con el resplandor apagado de la mirada.

Cuando cursaba ingeniería del lenguaje había una materia que se llamaba Scripts II. En esa asignatura enseñaban de scripts que no eran scripts. Formas de comunicación no basadas en formas gráficas, glóticas o verbales, donde los signos se reconocen por posición. Ahora él quería entender las fotos recordando el valor de los signos por posición. Dónde estaba la mano de Lena cuando miraba distraída la puesta de aquel otro sol. Si tenía la nariz compungida de respirar en el momento en que él le señalaba que ése era el momento exacto para capturarla en la geometría de los planos.

Porque eso era lo que había. Todo lo que había. Lpero yo....as formas glóticas se habían desvanecido entre él y Lena. Y la media casa que habitaba ahora lindaba por un lado con el ruido del agua corriendo allende las paredes, y del otro con el más aterrador de los vacíos.

Revisó varias veces más el celular, constatando que no había ni había habido nunca mensajes entrantes. Todos los últimos habían sido salientes. Sin tildes, ni colores.

A la noche soñó que hablaba. Pero antes de eso comió un poco. Y antes de eso trabajó en lo otro en lo que trabajaba de a ratos. Traducía menús de restaurant. Cocina de autor. Pocos platos. Complejos. Ávidos en la descripción de una simple ejecución.

El futuro de la ingeniería del lenguaje está aquí, le había dicho Kenzo. Le decían Kenzo porque olía bien, ciertamente. Pero también porque era medio Ken, de Barbie, y medio menso. Pero traía trabajo. Y a medida que los ingenieros del lenguaje fueron desapareciendo del microcentro, fueron apareciendo en los bares, donde se colgaban de la red para traducir los menús virtuales que les enviaba Kenzo. Él, por caso, trabajaba en La Continental. Mesas amplias, wifi libre por horas, silencio estallado de ruidos amorfos y anodinos, pura cotidianeidad sucedida en avatares que no duran, en promedio, más de diez minutos. El mozo de La continental lo veía venir y ya mandaba el pedido. Cortado en jarrito y una medialuna de manteca. Apenas se hablaban. El dinero exacto, calculado al ciento diez por ciento, propina incluida. Comunicación fluida, por inexistente. Cómo te va. Bien, bien, ¿vos? Todo bien. Queda el jarrito. Se va la plata. Palabras, palabras y archivos adjuntos de momentos gastronómicos trasladados al plano del lenguaje. Chau. Nos vemos. Y así. Siempre certera. La transmisión. De una mente a la otra. La cara recta, larga, atinada de plena en el día. Se oían lo justo y necesario. Y en lo demás era todo lenguaje en los arcanos de la ingeniería de sistemas. Nada para ver. Nada que ver.

Los traductores terminaban trabajando todos juntos en La Continental, distribuidos de acuerdo al patrón de los enchufes disponibles. Buscando palabras para la precisa imagen del plato nodal de la gastronomía del momento. Esas descripciones, y esos sabores, serían viejos y pasados muy pronto. El trabajo se renovaría entonces, en un ciclo, una marea denodada de precisiones imprecisas, renovadas estacionalmente, con cada boda consumada entre la destreza culinaria y el diseño verbal.

Estaban sentados en diagonal. Se veían pero no. Se conocían pero no. Se trataban a veces, pero por lo general no era más que el arqueo de las cejas. Él creía que el otro, el de más allá, sumergido en su pantalla, también trabajaba para Kenzo. Pero no estaba seguro. Hasta que un día pregunto al aire, a medias dubitativo, a medias riéndose, si unos papines podían ser sans culotte. Remolinos de lechuga y papines sans culotte. Había anotado entonces. Estepa de arroz arrasada en vino blanco. Ombligos de carré de cerdo en tibio amanecer agridulce nacarado. Anotó. Y lo había repetido suficientes veces, hasta estar seguro de que sonaba como tendría que sonar una propuesta en lo de Kenzo.

tomé sus cosas por errorDicho y hecho. No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran esos términos en los catálogos de Kenzo. No pasó mucho tiempo antes de que volvieran a estar sentados en diagonal, mirándose anotar las nuevas estrofas que susurraba la ingeniería del lenguaje gastronómico. Se miraban entre un compás de trabajo y el siguiente. Sentados en diagonal, coligió. Y anotaba entonces el diseño de esas ubicaciones. B2. C3. En el tablero de las cosas tendrían que aparecer los significados. No por palabras. Por posición. Scripts.

El primer andarivel estaba libre. En el segundo había dos chicas de buen nadar. En el tercero un viejo hundiéndose al intentar nadar espalda. En la cabecera al otro lado resoplaban otros dos. Tal vez maldecían su suerte. Un carril rápido inutilizado por un viejo que nada despatarrado y destruye todo sentido del ritmo, de la proporción, del movimiento en el agua. El cuarto estaba libre. Valor cero para el otro carril rápido entonces. O no. Había alguien. Buceando tal vez. Ahí alcanzó a verlo. Bien abajo, hasta aparecer en la superficie dando unas inconmensurables brazadas que tomaban todo el andarivel en su anchura. Más allá dos, y más lejos, en el borde, cuatro personas. Anotaba. Anotaba para la sed de la mente que quería agua de números. 0-2-3-1-2-4. Anotaba oficialmente en los costados del espectro del sentido.

Se le hacía que había codificaciones que no podía entender. Y así iba, sintiendo el naufragar de los ojos en torno de una planicie de mensajes que no podía interpretar. Arrasado en vino blanco, estepa de arroz, flotaba sin más deriva que el propio brazo, cansado de estirar. Contaba las piletas. Contaba las brazadas. Contaba las respiraciones. Estaba seguro al contar en todo ello. Porque así medía las distancias. Podía saberlo todo de los objetos y sus posiciones, y cuánto tiempo le tomaría llegar hasta los lugares. En la brazada veintidós podía aflojar el ritmo, porque faltaba un cuerpo y medio para dar la vuelta y perdía ya el impulso para favorecer el giro. El aire cambiaba entre la pileta trece y la diecisiete. Cuarenta piletas equivalían a un kilómetro. Novecientas sesenta brazadas, distribuidas en trescientas veinte respiraciones dadas durante veintisiete, veintiocho minutos.

Pero había signos sin espacio ni tiempo que se le aparecían. De vez en cuando. De vez en cuando Lena. Aparecía y le hablaba. Y él nunca entendía de qué le hablaba. Pero hablaban. Sabía que decía cosas. Debía estar diciendo cosas. Seguro. Porque veía los signos formarse en la cara de Lena mientras él estaba seguro que le había estado hablando.

Tres veces le había dicho su nombre. Lena. ¿Elena? No, Lena. ¿Elena? No, sin E inicial. ¿Bolena? Lena, como Lena Olin, una actriz sueca. O como Elena, pero sin E.

Me gusta Suecia. Su áspero y sentido tono para la comedia, casi al borde de la brutalidad. Pero luego pensó que Lena no tenía nada que ver con Suecia. Y se quedó sin responder el comentario. Habían tomado algo, habían comido algo. Se habían burlado de los nombres de los platos delante de la chica joven que los había atendido. Y después habían tenido algo de culpa, por el destrato, y algo de temor, por la posible venganza iracunda del gremio gastronómico.

Nunca discutas con nadie de la casa antes de que el último plato que vayas a comer llegue a tu mesa. Pero se habían reído, y luego habían construido una relación montándose en los pequeños códigos que habilitan las bromas compartidas por pocos. De repente el mundo se había agrandado para él. Tenía pareja, trabajo, una casa, amigos. Salían y luego volvían. Pasaban bien los ratos, y todo crecía armoniosamente como un lento prolegómeno ejecutado en torno a una teoría acerca de la nada.

¿Adónde vamos? Preguntó ella. Pero él estaba mirando otra cosa. Había una mancha. Una mancha de humedad brotando de la pared.

Las cosas son más difíciles cuando hay que circumanchasnvalarlas con buena voluntad. El departamento era lindo, pero el ascensor se rompía todo el tiempo. La humedad venía del vecino. Y por el aire y luz se escuchaba un estruendo permanente de vidas que, definitivamente, no eran las de ellos.

¿Adónde vamos? Volvió a preguntarle. Lena. Pero él pensaba que esa mancha era peligrosa, así como estaba. Nutriendo de hongos potencialmente venenosos a todos aquellos que tuvieran la mala suerte de deslizarse quietos cerca.

Hay que hacer algo.

De lo que había constancia era de que Lena hablaba. La vecina de enfrente se quejaba del ascensor. Tenía un problema en la cadera y aunque fuera el primer piso no podía subir por la escalera. Lena escuchaba pacientemente los lamentos circundantes. Lena luego exhalaba con él lo que antes había inhalado en los pasillos. Y entonces hablaba. Pero él estaba seguro de que había otra cosa dando vueltas.

Tomo la decisión de anotar las posiciones relativas del ascensor al quedarse detenido. Del primero al quinto piso, asignando un cero para la planta baja.

0-1-3-4-3-4-5-4-3-3-3-3-4-0-3-2-1-2-3-4-4-5-2

Predominancia de segundos y terceros pisos, le dijo a Lena. Que parecía haber estado hablando.

Veintitrés detenciones en cinco meses. Ciento cincuenta y dos días. Una detención cada 6,6 días. Definitivamente algo está pasando.

Tenés que comer, había estado repitiendo Lena. Pero él estaba pensando más bien en lo que tenía que hacer al día siguiente, en el espacio de trabajo en La Continental.

Nada que ver, dijo.

Y al día siguiente estaba pasando las pantallas en el celular, buscando desesperadamente algún mensaje viejo que no hubiera leído.

Eran ocho en ingeniería del lenguaje. Un día vinieron y dijeron dos apellidos, con el tono y la forma en la que se dicen nombres al azar. Las personas aludidas levantaron la cabeza, sacándolas del enredo de palabras en la pantalla. Vengan.

Se fueron. A los pocos días les siguieron otros dos. Al final eran cuatro, y durante un tiempo la cosa funcionó así. Salvetti se jubiló. O se anticipó a que lo jubilen. Dijeron. Comentaban.

Y cuando eran tres un día lo llamaron a Ortiz. Pero Ortiz volvió. Y nadie sabe muy bien porqué se fue y porqué volvió.

El último mensaje que había tenido de alguien que no fuera Lena era de Altuna. Y Altuna decía siempre lo mismo. “Ortiz nos cagó”. Vas a ver.

Está con ellos. Seguro. Algo dijo. Por eso volvió. Y entonces cuando lo mira a Ortiz, Ortiz desvía la mirada, y se concentra en el trabajo en el que no puede concentrarse. Y así estaban, cruzados por la mirada recelosa de Altuna.

Hasta que a Altuna lo echaron.

Y quedaron Ortiz y él. Y entonces el mensaje que le llegó de Altuna fue otro.

Fuiste vos. Sorete.

Y ahora entendía la mirada de Ortiz. Llena de miedo o de culpa. Pero él no había sido. Estaba casi seguro. Era otra cosa. El fundamento estaba en otra parte.

Era la progresión de las posiciones. Se había llevado a C7, D5, E4, G3, B6 y F5. Con la posible excepción de B6, que era Salvetti por jubilado, todos los demás movimientos seguían una progresión uniforme: eran movimientos de caballo en la cuadrícula de la oficina. Luego de eso Ortiz y él estaban a salvo, porque la posición de Ortiz era A3 y él estaba en H7. Inalcanzables y a salvo. Nada en los movimientos que pudieran dar llegarían hasta ellos.

Ahora estaban solos en el tablero. Enfrentados, casi en diagonal. Tantos escritorios vacíos. Es una lástima. Tan repletos de palabras esperando ser diseñadas, dispuestas, conformadas en el orden de todas las cosas. Pasaban las horas y ni se hablaban. Tenían miedo. El justo y hermoso miedo recíproco que había amamantado toda la situación.

Pero él no tenía miedo. O sí. Sí tenía miedo de que lo echen. Pero tenía una teoría para el miedo. Tenía una teoría de lo que anidaba en el presagio de todas las formas.

Ortiz. Quedáte tranquilo. Quiso decirle.

Pero ese día Ortíz faltó.

Ese día Ortiz no vino. Y a él le dieron una orden terminante: cambiate de escritorio.

Es que el área de Diseño visual tomó todo. Todo el tablero. Pobrecitos. Tantos, en tantos lugares. No se dan cuenta. Van a caer sobre ellos como si fueran piezas abandonadas por un jugador ebrio. Pero él estaba en G3. Había caído ahí. Ahora sabía. Tenía entonces que correrse.

La chica en B2 estaba texteando con alguien. No se conocían. No se volverían a ver nunca.

Te cambio el lugar.

¿Por?

Demasiado aire y luz allá.

La tonta accedió.

Ese día la echaron.

Volvió a casa feliz. Conmigo no van a poder. Pensaba. Que se les sabía todas.

En casa el ascensor no andaba y la mancha había avanzado peligrosamente.

Lemaze1na tosió y dijo algo. Pero él estaba cansado de no mirarla y no saber por dónde andaban sus ojos. Últimamente sólo se la imaginaba. Últimamente solo caminaba con ella por los bosques imaginarios de algún sur lejano, y hablaban y hablaban de los futuros que vendrían después de los próximos futuros. Porque en lo inmediato, en lo inmediatísimo, no había futuro. Tan sólo había movimientos en el tablero buscando canjear la eliminación por la supervivencia humillante. En lo inmediato solo había charlas que ninguno de los dos sabía escuchar.

Nos tenemos que ir de acá.

Tres, cuatro, dos, uno, siete, dos. Demasiada gente hoy. Demasiados. Tal vez por la escuelita de natación. Tenemos que irnos de acá. Pero dónde vamos a conseguir una pileta como ésta, un barrio como este, un lugar tan tranquilo, tan ameno, tan cerca de tantos lugares donde sirven unos platos con unos nombres tan ricos.

Demasiada gente. Ojalá hubiera menos gente acá. En la época de la crisis había menos gente. Cuando hay miseria nadás solo. Tenemos que irnos de acá. Pero en otros lugares no hay estepas de arroz. Ni papines sans culotte. Ni almohadas de remolacha en su vergel.

Cuando Lena dormía en el sofá no había más respiraciones que el unísono del insomne. Y entonces podía escuchar el agua corriendo. Y anotarlo todo, en la frecuencia morse que trae el ruidito de un agua que lo que más quiere es soñar andando el tiempo.

El de la Continental estaba más áspero que de costumbre. El muchacho en diagonal no estaba. No había ingenieros de lenguaje ese día. Podía trabajar tranquilo, sin tener que compartir la señal wifi.

Pidió otro café. Vino con otra medialuna que no había pedido.

Cortesía de la casa habrá pensado. Ridículo. Como si hubiera casas corteses. Códigos nobiliarios aplicados al comercio minorista de productos farináceos.

Cuando se le cayó la conexión pudo escuchar algunos estornudos. El aire estaba muy fuerte. Miró en derredor. Descubrió que estaba acompañado al fin. Una chica. Tres mesas más allá. Casi abajo del aire.

Pero ahí no le pega. ¿Por qué el estornudo?

Se dio cuenta que el que había estornudado era él. La chica lo miró. Se reconocieron.

Era B2. O G3.

Lo miraba. Le sonrió.

Cambiáte de lugar, le dijo.

No pareció haber ironía en sus palabras.

Volvió a estornudar. Pero ahora estaba muy turbado. Se sentía culpable. Y la señal seguía caída.

Tomó sus cosas. Juntó todo y se fue, sin probar siquiera el café y la medialuna cortesía de la casa.

Como al pasar vio que la chica estaba editando imágenes en su netbook. Por eso se cayó la señal.

Un hilo de ira le atravesó los labios. Pero no pudo más que saludar.

Nos vemos. Dijo.

Ella no contestó.

A fin de cuentas, seguro, no hay nada que ver.

Lena también anotaba. Anotaba cosas. Muchas cosas. O eso parecía.

Del papel faltante y la tinta escribiente ni noticia. Los cartuchos bajaban que daba espanto.

Lena trabajaba en cosas muy distintas, muy disímiles día a día.

Él no se animaba a preguntar, ya. Porque lo habícv6-9a hecho un par de veces. Y ella había respondido. Y él se había olvidado. Y entonces al volver a preguntar ella dijo otras cosas, que no tenían que ver con lo anterior. Y de allí en más evitó el punto.

Lena hablaba de gente que él no conocía, de circunstancias que no podía concebir, de códigos, reglas, normas y patrones de interacción que no eran los que él tenía por probados en su mundo.

Pero era su territorio.

No quería contrariarla preguntándole cosas tan simples, tan básicas, como las que se supone que comparten las personas que han emprendido juntas la vida.

No quería preguntar, para que el tenor de las preguntas no delate su ignorancia. No quería tampoco que su ignorancia pudiera ser leída como interés. Porque en el fondo, y eso le dolía agudamente en algún lugar del pecho, lo más terrible es que no le importaba. Le importaba un bledo si esto o lo otro. Si ocurría o no ocurría. Si había sido o no había sido. El caso. Que ella contaba.

En el fondo estaba cansado. No era por Lena. Ya sé, es trivial, parece la fórmula. Pero no era por Lena, sino que era el agobio de estar todo el tiempo enredado en formas, patrones, fórmulas, palabras, diseños y toda la maravillosa y endiablada ingeniería de las cosas de este mundo. Meramente para sobrevivir, meramente para escudriñar como una rata sabihonda el diagrama de los recovecos de esta tierra. Aquí en esta cueva, allá en aquel árbol podrido, más acá en la proximidad de ese desagüe, está todo lo que nos permitirá pasar los próximos dos o tres meses.

El futuro lejano que viene después del futuro imaginario que crece pasando este corto horizonte que es el único que podemos vivir es justamente eso. El borde de lo que ni siquiera puede imaginarse, porque el resto está aplastado con pantallas deslizantes donde no ocurre otra cosa más que las tildes apagadas y descoloridas del mundo empequeñeciéndose.

No era por Lena. La mancha de humedad creciendo, hasta cobrar la forma. La forma de dos personas. Dos cuerpos. Conectados y enredados. Le parecía. Pero no estaba seguro. Y no tenía a nadie con quien consultarlo. No era el momento.

Había tres personas en la primera caja. Dos en la segunda. Cuatro en la tercera. Cinco en la cuarta.

La primera vez llamaron nueve y siete de la mañana. La segunda nueve y trece.

Dedujo que nueve y diecinueve sería la próxima. Pero fue 8:57.

No había nadie del otro lado. Había alguien. Lo escuch2015-06-20 13.56.28aba sin voz. Esperando que alguien hable. La primera vez bastó con responder. La segunda esperó un poco más, pero igual lo venció la tentación y habló. La tercera se juramentó solemnemente no hablar. Y se quedaron así. Veintidós segundos.

La cuarta vez eran nueve y diez de la mañana. Treinta y dos segundos de espera. Hasta que alguien dijo una palabra. Y el otro cortó.

¿Lena?

Un frontón en los ojos, que devuelve con músculos en los párpados todos los intentos de mirada. Ahora ella ya no habla. Y el que intenta llenar de signos el aire es él. Hablando de un lado y del otro en la espiral de todas las formas.

Soñó con Ortiz. Ortiz llorando en diagonal. Ortiz tenía otro rostro. En La Continental. Ortiz se tapaba los ojos. No miraba. Y el mozo seco aparecía para decir lo suyo. Lo de siempre. Nada que ver.

Ortiz debía parecerse al ingeniero del lenguaje en diagonal. Porque era ambas cosas. Su valor de posición era el mismo.

Por un momento fantaseó con la posibilidad de haberse confundido, de haber pensado que el que estaban en diagonal en La Continental era otro, pero en realidad estaba en la empresa, simplemente, con Ortiz en la posición de siempre.

Algún día van a cobrar el servicio de wifi y la electricidad en este bar. Algún día van a poner un cartelito. Prohibido ingenieros del lenguaje. Porque son los más evidentes. Los más notorios. Anotan algo y luego levantan la mirada y piensan un rato, hasta que vuelven a fijar la vista en la pantalla y entonces todo recomienza.

Los otros, los visuales, sin embargo, tienen consigo la ventaja de la época. Aunque en el fondo usan mucho más de todo. Mucha más banda ancha. Mucha más batería.

Pero en estas épocas de miseria pagan todos juntos, justos por pecadores, hasta el punto en que aparece en la imaginación de los linchados la idea de que debe haber alguna clara distinción entre justos y pecadores.

¿Quién no desea estar a un lado o al otro de la línea divisoria?

Pero todo está enredado, como las líneas que se dibujan amorfas en el presagio que trajo la humedad.

A veces piensa que el número de brazadas se corresponde con algo de lo que va a ocurrir en el día.

Esa chica nada mejor y más rápido. Para ella el número es otro. Si pudiera impulsarse de esa manera, con un cuerpo que no fuera el de él. Pero no puede. Ya no puede.

La chica es linda, pero su actitud no es la mejor. Nada agresiva, cortando las líneas y dejando poco espacio. A veces no llega al final de la pileta para no tener que cruzarse en el extremo.

Ahora, un ahora de unas piletas más allá, en la cuenta de los largos, él sabe que ella está llegando por detrás. Siente el impulso del agua desplazada detrás de los tobillos que dan la patada. Sabe que ella va a apostar todo a pasarlo en la larga recta que queda hasta la otra cabecera. Los que podían obstaculizar el paso viniendo, ya pasaron. Tiene veinte metros, diecisiete, tal vez, para hacerlo. En cinco segundos lo intentará o ya no quedará tiempo.

No mira. No quiere mirar. Aparecer el rostro en trance de respiración bajo el agua, que se va formando al costado de lo que puede adivinarse en el reflejo de las antiparras.

La chica va creciendo. Lo pasa. Lo ve en las líneas de la malla, que se proyectan como ondulaciones que anticipan el movimiento del cuerpo en el agua.

La chica lo deja atrás, casi sin esfuerzo. Al llegar a la cabecera se detiene. Le toca cambio de rutina, seguramente, con un pequeño descanso. Él llega también. Pero no para. Nunca para. La regla es todo de un tirón. Todo de un saque, sin detenerse. Solo queda el momento en el que la mano se estira para alcanzar el borde. Luego el hombro rota y el torso sale en parte del agua. La cabeza gira. Y aprovecha para mirar.

En dirección de la chica, donde está la chica mirando.

Le pareció que era B2. O G3. O lo habrá imaginado.

No estaba seguro. Y no tenía ninguna importancia. Porque él iba al agua para nadar. No para mirar cuerpos o aproximarse a los otros. Él nadaba para pensar. Para pensar en tantas y tan distintas circunstancias.

Para pensar en tantas palabras.

Pero tal vez la chica hacía lo mismo.

Algo dijo.

Le pareció que algo dijo.

Pero entonces él ya había dado la orden. El impulso de las piernas para alejarse violentamente del borde, ganar en velocidad, dando las primeras, mejores brazadas en ese largo.

Pero si algo dijo.

Y entonces cortó todo, interrumpiendo el balance, destruyendo el impulso, cortando las mejores brazadas. Se paró en seco, todo mojado.

¿Qué?

Pero la chica no había dicho nada.

Era linda. Muy linda.

Se cambió de andarivel al rato.

Ahora nadaba solo. Tenía otras cosas en las cuales pensar.

Una partcrónica verticale de la pileta es en subida, y otra parte es en bajada. Es evidente. Un lado es más fácil de nadar, y el agua acompaña. Es en bajada. Pero hacia el final, cuando debería estar más abajo, se va perdiendo la pendiente. Y entonces se acaba el impulso, el empujón. De a borbotones renace la fuerza cuando rota y vuelve a arrancar. Pero siente el látigo creciendo por los brazos y las pantorrillas cuando está del lado que es en subida. Ese lado cuesta más. Y sabe que es todo producto de su imaginación, los veinte peores metros hasta que casi al final renace la fuerza, y puede sentir el viento acariciándolo por llegar a la cumbre. La cumbre de la pileta donde todo cambia y vuelve a enroscarse barranca abajo.

Estás loco. Esas cosas no pueden ocurrírsete. Pero se te ocurren. Y cuando se te ocurren no hay nada que puedas hacer. En esa mancha hay dos cuerpos cogiendo. El ascensor se para cada seis coma seis días. Seis décimas de día son catorce coma cuatro horas. Cuatro décimas de hora son veinticuatro minutos. Veinticuatro como las horas del día en que la mente fluye. Fluye y se ahoga, nada y se pierde entre ondas y voces, pensando que alguien habla, hasta que todo el impulso se pierde.

A veces piensa que su mente divaga, inerte, por una estepa de arroz. Algo que alguna vez tuvo sentido, unos ojos que alguna vez tuvieron un mirar. Ahora no es más que un embrollo de palabras montadas cual artefacto orientado al impacto, en la esperanza de una luz adecuada que les permita alumbrar un nuevo sentido.

La mente en el agobio divaga, se pierde y se encuentra. Pero cuando se encuentra no sabe para qué lo hace.

La única forma es encontrar antiguos augurios que permitan remontar la corriente de los efectos.

La única forma es colgarle un sonido a tantos signos. Enunciarlos de alguna manera. Más allá de las formas. Por posición. Viendo el lugar que ocupan en nuestras vidas.

Scripts.

Lena ya no habla.

Pensó que tenía una amante. Qué anticuado. Un término absurdo, seguramente. Alguien que llamaba y llamaba. Y ella sabía si había que responder o no. Ella sabía si había que mirar o no, porque al final de cuentas eso era lo que contaba. Saberse mirada en el concierto de todos los signos. O al menos diletar de otra manera los cielos llenos de párpados que se van cerrando, cansados de la típica comedia sueca.

Cuando dijo que se iba, él pensó que se iba al sofá, a dormir como de costumbre, buscando un aire más sano, menos retorcido de figuras putrefactas emergiendo como hongos en las paredes.

Sus últimos mensajes fueron muy claros. Al respecto. Hablaban del agua. De las paredes. Del fluir de los eventos. Nunca prometimos amarnos para siempre, más que lo que durara el hoy de los instantes, el efecto de la broma tonta que le hicimos desde una precaria posición de poder a la moza jovencita en aquel lugar.

La chica se parecía a B2, ahora que lo pensaba.

Es que todo se empezaba a llenar en el recuerdo de B2 o G3. Y la tonta cara de Ortiz en diagonal. Regresando siempre en silencio, sin saber si regresaba artero en su traición, o para constatar y hacer saber aquella en la que él había seguramente incurrido.

Las manos son como estepas arrasadas por el vino blanco. Mollejas en mascarada de verdeo. Crutones de pollo en antros de manzana y ciboulette. Mientras escribe esas cosas, tiene el típico gesto idiota del que sabe que lo está haciendo bien. Muy bien. Demasiado bien. De todo eso que no tiene sentido más que como estruendo para abandonarse en bajada en el largo promontorio del agua que nada el infeliz.

Le gustaba B2. Pensaba. De a ratos.

El problema de B2 es que no sabía bien su nombre. No estaba seguro.

Tres veces tuvo que preguntarle el nombre.

Y seguía sin saber muy bien quién era. Ni a qué se dedicaba.

Tomó los ángulos de la línea que iba dejando la rcv6-3ajadura mientras bajaba, desde el techo hasta la punta de la biblioteca. +45° -23° +17° -18° +62° -33°. Una sucesión poderosa. No sabía que significaba. Pero él anotaba.

Ella había dejado intencionalmente olvidadas tres prendas y un anotador. El anotador contenía frases dispersas. Números. Nombres sueltos. Diagramas. Croquis.

En la última página un intento fallido de retrato. Un boceto. Un esbozo apenas. De una línea de un rostro que no le resultaba conocido.

Siempre se le había dado por el dibujo. Lástima que dibujaba mal.

Con el ascensor roto escuchaba los pasos de los que en pena iban peregrinando hasta llegar a su hogar. Escuchaba el sonido de los tacones.

Se dio cuenta que había una relación entre la proveniencia y la frecuencia de pasos por segundo. Veintidós escalones por tramo, dos tramos por piso. Cuarenta y cuatro más el piso propiamente dicho. Cuarenta y cinco escalones por cinco pisos, más otros cuarenta y cinco hasta llegar a la terraza. Un total de doscientos setenta escalones de una punta a la otra del edificio. Doscientos veinticinco para llegar al quinto piso. Ciento ochenta al cuarto. Los más cansados tardan 1,2 segundos por escalón. Los más vitales, que tienen pocos pisos por delante, pueden tomar hasta ocho décimas por paso. Doscientos setenta segundos para llegar al quinto piso. Treinta y seis segundos para llegar al primero. A casa. Lo sabía.

Antes tomaba el tiempo cuando llegaba Lena. Porque nunca tomaba el ascensor. Y siempre daba un portazo muy característico, único se diría, al entrar desde la calle al hall de entrada. Desde ese momento pasaban ocho segundos hasta tomar la escalera. Treinta y seis segundos de subida. Doce segundos más para encontrar la llave. Cuatro segundos de manipulación de la puerta. Sesenta segundos para ir o venir desde la puerta hasta la casa, o viceversa.

Los treinta y seis segundos de subida a pie están a la par de los 6,6 días que constituyen el intervalo de vida útil del ascensor. Treinta y seis es seis por seis. Nada puede ser más evidente. Lo uno por lo otro. En relación con lo otro. Como efecto de lo otro. Concatenación.

Eran correlaciones que podía establecer, en ausencia de toda otra cosa. ¿Qué más podía hacer? Cuarenta es la suma de los ángulos de la rajadura en bajada. El doble de los metros que tiene la pileta en bajada en el tramo en caída libre.

Las figuras que se abrazan tienen nombre. Decidió.

Ella es Lena. Él es Alan. Juntos son Lenalan. Mezclados tienen al menos la oportunidad de seguir creciendo, gracias al agua que fluye de un modo o de otro desde el vecino que no atiende al otro lado de la medianera.

Lástima que Lena ya no está. Y que él no tiene idea de quien podría ser Alan.

Llamaba y llamaba. 9 y 10. 9 y 12. 8 y 53.

¿Lena está? Habrá dicho un día. No. ¿Quién le habla? No está seguro de recordar apropiadamente la respuesta. Cree que le dijo Alan. Era una linda voz. De un lindo muchacho. Como todos los muchachos imaginarios que tienen todos los atributos que uno sabe que le faltan.

Ella arabescotermina donde él comienza, pensó. Y luego anotó los números de cada uno: 12 5 14 1 para LENA. 1 12 1 14 para ALAN. 32 ella, 28 él. Sesenta en total, juntos los dos. El tiempo que se tarda en segundos en llegar desde la calle hasta el hogar. No podía ser más claro. No podía ser más obvio.

Tal vez eran el uno para el otro.

Sus últimos mensajes de salida habían ido en esa dirección.

¿Cómo está Alan?

¿Cuándo cumple 29?

La diferencia de edad no importa.

Los ángulos y los metros en bajada, sumados, dan el tiempo que tardamos en llegar a casa desde abajo.

Pero no había contestación posible. Seguramente cambió el número o decidió no mirar nunca más los mensajes.

En el diagrama había un croquis con calles y direcciones.2017-02-14-13-14-20 San Cristóbal. Solís 1602. Segundo B.

En el mapa de la ciudad, al inicio de la guía, San Cristóbal está en la segunda fila, segunda columna. B2. En el mapa de San Cristóbal la calle Solís al 1600 está en el cuadro G3, casi cayéndose en la fila H, pero no. Justo justo en el bordecito.

Tomó el subte, combinó y combinó nuevamente. Bajó y caminó. Hasta la calle Solís. Al 1602. Tocó el timbre. No había nadie.

A una cuadra había una plaza. Plaza Garay. Se dejó llevar por la tentación. Estaba seguro.

Al rato la vio. Era ella.

Parecía ella. Acompañada. Seguramente por Alan.

La mirada horrorizada no alcanzó a devolver palabra alguna. No hay presagio que pueda augurar tanto extraño silencio. El abismo del tiempo, vuelto como poderoso argumento en contra de uno.

¿Qué le hizo pensar que el anotador era de Lena?

No se llamaba Lena. No estaba seguro.

Alan se encargó de la situación.

Era demasiado largo el sueño, pensaba. Porque a veces llegaba a creer que el lento discurrir de los días era la señal más clara de que se trataba de un sueño dentro de un sueño dentro de otro sueño en el fondo oscuro de una siniestra pesadilla.

Alan olía bien y era agradable a la vista. En su sonrisa anidaba el murmullo del morse corriendo en aguas tras la medianera.

No le tomó un minuto ni treinta y seis segundos convencerlo de la equivocación en la que estaba incurriendo.

Él se llamaba Sergio y ella Antonella. No vivían en la calle Solís. Simplemente estaban de paso por allí.

Parecía preocupado. Pero no tanto. Déjeme su número y lo llamo. Quiero estar seguro de que se encuentra bien.

Y a partir de ahí llamaba. Todos los días. 9 y cinco. 9 y siete. 9 y doce. A veces simplemente se quedaba en silencio. Llamaba para escuchar. Pero él no tenía ya nada para decir.

Nadaba y nadaba. Se quejaba del agua. Del agua que venía del otro lado de la pared. Bajando siempre, en subida.

¿2017-02-14-13-15-30Cómo puede tanta agua contenerse en una piscina, sin que chorree hasta el centro del mundo? Y en cambio tantos edificios incapaces de retener siquiera unas mínimas goteritas.

¿Cómo puede el agua?

Pero puede. Puede gracias a los ángulos. Los ángulos en las grietas.

Es muy turra el agua. Todo lo puede.

Tiene la paciencia en espiral. Lo arrasa todo. Como el vino blanco cerrándose en el puño de arroz de una mano desgranada en torno a las sienes con calor de rasparse tanto contra lo rugoso de la pared.

Tiene la paciencia y los ángulos correctos.

Todo se puede con ángulos. Y números. Y correlaciones debidamente consignadas.

Comenzó a medir y anotar las distancias. Estaba seguro. De su error.

Alan tenía razón.

Le hizo ver que había mirado mal en la guía. B2 nunca podría ser Sa2017-02-14-13-16-08n Cristóbal. La irregularidad de la trazada no permitía configurar un tablero regular. Pero sólo el plano 36 podía ser B2. Y en el plano 36 sólo se consignaba un leve extremo de la vuelta del Riachuelo circundando tres manzanas de Barracas al Sur. Luna, Ascasubi, Orma, Magaldi, las calles. El puente Victorino de la Plaza. Llevando hacia provincia. Pero no había nada en G3. Arrebatado por un encadenamiento de indicios que conducía directamente hacia la nada. Así estaba. Mientras comenzaba a considerar que posiblemente la mancha de humedad dibujaba un mapa. Un mapa de la ciudad. Y no el contubernio de dos cuerpos enlazándose.

No estaba seguro.

Luna. Lena. Alan.

Orma. Armo. Amor.

En la colección de los ángulos notó que se correlacionaban con los giros que daba el Riachuelo medido en el tramo de Barracas.

Notó que Antonella contiene a Alan y a Lena. Notó muchas cosas más. Pero ya no tenía tiempo de anotar.

Los presagios eran demasiados.

Lena dormía. Debía estar durmiendo.

Porque no respiraba. No daba otras señales.

No contestaba las llamadas. No respondía al hablar. No miraba los mensajitos. Tal vez movía la boca y no decía nada. Pero tal vez estaba quieta, muy quieta, deslizándose en el fondo del rabo de la mente que recuerda. Y en su quietud decía demasiado.

Le dijo que se iba.

Al sofá pensó.

Cada uno se quedó tranquilo en su tristeza, sopesando las dificultades del pasado próximo de los siguientes instantes, antes de concebir futuros imaginarios que se adelantaran al futuro imposible que cada uno arrastra en la corriente larga de la vida con sus piscinas en bajada y en subida.

Y Ortiz se le apareció. En otro sueño.

¿Qué hiciste sorete?

Cambió el lugar. Simplemente eso. Le cambió el lugar.

Y se la llevaron. No es mi culpa si el mundo se achica.

Era temprano. Y llovía. Y hacía fresco. Aunque era verano todavía.

No hay nada que ver.

No hay nada que ver repetían. E intentaban apartar a los camarógrafos. Y tantas otras personas. Que se arremolinaban en los cuarenta y cinco escalones que llevaban a la calle.

Aquella vez tardó mucho más que cincuenta y cuatro segundos en llegar hasta el auto.

¿Cómo nada para ver?

El mucv6-11bndo está repleto de presagios en las formas. De anuncios. De avisos. De señales que se repiten como un mantra para el ojo avizor. No se ve patrón en el movimiento hasta que se percibe el salto del caballo. Atraviesa todos los muros y los fosos calados. El ruido aparece en forma de información. Delata su posición. Se transforma en una posición. Y el resto es interpretable para cualquier usuario de un lenguaje aprendible.

Lena estaba así cuando él llegó.

Lena estaba así cuando él se fue.

Pero no estaba seguro de todo lo que había ocurrido entre una cosa y la otra.

La humedad seguía sangrando entre una pared y la otra. Dibujaba ahora otras formas. Que eran presagios de otros efectos.

Le dolía el alma hasta los puños. Las manos arrasadas.

Desierto blanco, estepa de arroz. Ya no había ingeniería del lenguaje que alcance. Quedarán pendientes los pedidos de Kenzo. Ortiz ganó finalmente la compulsa. Será el último de los nuestros allí, mientras los visuales lo toman todo.

Letanía de lomo en aroma de rhum al azar.

Una lástima tanto silencio en un territorio tan repleto de signos.

Una lástima por tanto que podría decirse, si no hubiera tanto agobio, tanta pesadez, en el horizonte agridulce y nacarado de un amanecer por detrás del agua, creciendo a borbotones de cascada de párpado, mientras se cierra el alma, de tanto y por tanto que resbala en el agua pendiente abajo, ya sin aire, en la asfixia, del que todo lo sabe y todo lo lee allí donde nadie mira en el universo sin tildes ni colores en el que corren pantallas siempre iguales, prolegómenos de la nada para una teoría sin conclusiones, tan sólo hipótesis, de cómo debe haber sido la vida antes de ser vida, en el pasado remoto que antecedió a tantos efectos que volvieron imposible todo futuro que no sea imaginario o remoto, por fuera del alcance de estos puños que duelen tanto en la sien de haber raspado a conciencia el rigor de la pared.

Y se quedó conforme con lo dicho.

Quemándolo todo, ardiéndolo todo, desvaneciéndolo todo.

Menos tres prendas y un anotador.

Y el dibujo mal hecho. En el borde sin dirección, orientado al mapa de la nada.

Se había cumplido finalmente el presagio en las formas.

En la mancha ahora se veía clarísimo. El deslizamiento de lo quieto. El remolino lento de los efectos. El salto abrupto de los caballos.

Aguzó la mente arrasada. Movió nerviosamente los ojos. Máquinas de presagios. Llaves para el laberinto de los efectos. Pero no quería más de lo uno. Ni de lo otro.

El agua seguía corriendo. Los signos seguían brotando.

Alguien tendrá que anotarlo, construir el hilo de los signos, y tirar de él hasta llegar a alguna planicie de realidad. Alguien. Algún otro. Ya no él.

Para llegar al futuro después del futuro.

El futuro imposible después del futuro anterior después de tanto presente empequeñeciéndose hasta el linde del que nacen todas las sordas sombras que gritan en el aire su deseo de alguna vez despertar.

2016-09-28-16-37-04

Crónicas verticales I

Crónicas verticales II

Crónicas verticales III

Crónicas verticales IV

Crónicas verticales V

Crónicas verticales VI

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Remontando el interminable río

En “Seinfeld” el actor John O’Hurley personificaba a John Peterman, el dueño del catálogo de productos Peterman. Elaine Benes -el increíble personaje al que daba cuerpo la increíble Julia Louis Dreyfus-, trabajaba para él, dando así lugar a una especie de relación enfermiza mediada por las descripciones alambicadas de productos que constituían la razón de ser del catálogo.

El Peterman ficcional intentaba siempre que las narraciones contornearan a los productos, dándole una suerte de aura épica a objetos que iban de lo trivial a lo inútil. En definitiva, Peterman construía relatos en forma de travesías, como si remontara aún algún río interminable buscando a Kurtz, pero el objeto de su anhelo bien podía ser un tapiz o una lámpara.

En uno de sus abcesos esquizoides Petermpetermanan larga todo, dejando a cargo a Elaine, quien intenta desarrollar su propia línea de productos. Lo que se le ocurre es lanzar el Urban Sombrero, un ridículo sombrero urbano de largas alas, de tipo mexicano, que en teoría permitiría a sus usuarios disfrutar de sombra y privacidad si, eventualmente, decidieran tomar una siesta en el trabajo.

Una vez lanzado, con la pompa habitual del catálogo (“Urban sombrero combina el espíritu del antiguo México con el estilo de la pequeña gran ciudad”), el producto previsiblemente resulta un fiasco, siendo absolutamente contraproducente. Las alas anchas, por ejemplo, impiden percibir que se aproxima el jefe durante la siesta.

El desenlace no puede más que seguir el encadenamiento lógico: el catálogo se hunde en el descrédito, Peterman vuelve de Esquizolandia, desplaza a Elaine, que vuelve a su trunco destino de “asesora creativa” de un lunático, y el Urban Sombrero es retirado inmediatamente de circulación.

Hasta aquí Seinfeld.

Sets afuera existía -y aún existe- el catálogo Peterman, a cargo del homónimo John Peterman, quien durante años compartió escena con la afiebrada versión que O’Hurley componía de sí mismo.

En el cambio de siglo el real catálogo Peterman también se fue a pique, como el Urban Sombrero. Fue entonces el turno para que O’Hurley se asociara con su otro yo en el mundo de no ficción, para relanzar el J. Peterman Catalog.

El producto cabecera -largamente demandado- en el relanzamiento del catálogo fue, precisamente, el Urban Sombrero. Pero, para aquellos que amamos los entrecruzamientos entre ficción y la así llamada “realidad”, no bastó con la campaña en Kickstarter, ni alcanzó tampoco con la demanda por anticipado por parte de un público ansioso por revivir esquirlas de la sitcom.

El Urban Sombrero fue un fracaso, tanto a un lado como al otro del set.

Pero ese fracaso en la realidad denota, más bien, el triunfo de la ficción.

A su manera O’Hurley, Peterman, el Urban Sombrero y todos aquellos atravesados por el deseo de seguir atrapando esquirlas de universos ficcionales pasados siguen remontando el interminable río que lleva a los orígenes imaginativos de los que brotan, nacen y florecen todas las travesías.

notahat

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El torrente de la noche amanece todas las llanuras inundadas

Vivíamos demasiado bien. Pero no era real.

Una cuestión de perspectivas. Siempre es la vida de los otros la que sobrevuela por encima de sus posibilidades. Siempre es el aire del otro, en los pulmones del otro, el que debe ser exhalado para que siga respirando el nosotros improbable que formamos.

El odio es poderoso. Una pala para escarbar por debajo de las raíces. Un pico para demoler todo lo que haya sido tallado en las alturas. El odio del que dice no tener odio es más poderoso aún. El torrente de la noche amanece todas las llanuras inundadas.

No querías cambiar. No querías percibir los densos lazos que nos comprometen a los unos con los otros.

Sencillamente el mundo era en exceso vasto y complicado. Te parecía demasiado extenso el radio en el que ardía el fuego de la vida. Ciertamente, el odio y el miedo vuelven peligroso cualquier horizonte. Para el que tiene ojos pequeños todo es enorme.

El odio te va a decir mil y un verdades. Una revelación escandalosa por día. El odio te va a parir cien veces, con cada muerte que dejes morir. El odio susurrará su labor, silente, escarbando por debajo de las raíces, demoliendo en las alturas. Implacable.

Hasta que todo resulte enorme, para el ojo pequeño que no tiene horizontes.

Hasta que ardan los hilos que nos enlazan en el día a día, en lo extenso de los desiertos que deseaste que seamos.

Será tu último logro inútil, criatura de tiempo. Porque no podés enraizar en nada. No vas a tallar otra cosa que el bloque mudo del silencio.

Así las cosas, vivís demasiado mal. Y tampoco es real.

Todo el odio se quema ahora en la extensión. Ya vas a nacer de vuelta. Preguntándote porqué el mundo es tan pequeño, alegando la inocencia que solo pueden tener criaturas de ojos enormes.

Y no importará en absoluto.

Ya nadaremos juntos, criatura de odio y de tiempo.

Por el torrente de la noche cuando amanezcas todas las llanuras inundadas.

lodio

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